Ya no estoy aquí versus el dasein de Heidegger

in #filosofia5 years ago

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El dasein, el "estar allí", el humano arrojado al mundo, del existencialismo burgués de Heidegger contrasta con el "ya no estoy aquí" precario de un Ulises arrojado, parece, también al mundo. El filme de Frías de la Parra muestra un patojo triste y orgulloso, con una autenticidad que no le da de comer ni le salva de su tragedia. Una autenticidad que los gringos quieren fotografiar y admirar como algo único pero allá en su pueblo, en los márgenes de Monterrey, hay otros patojos con un peinado parecido, con bailes similares, hay un das-man, un ellos, una gente, similar a Ulises y en la que Ulises es "alguien" sin ser necesariamente ese impresionante auténtico entre los gringos. A esa autenticidad aparente en medio de los EEUU, los gringos le quieren dar un like pero no pueden ni aprender su idioma. No pueden darle aunque sea un empleo o simplemente dejarlo estar. Los gringos, como conjunto incongruente de "gente", lo terminan expulsando de allí y así como ya no está aquí, ya no está allá, tampoco. Ulises deviene en el caos, su subjetividad es apenas un elemento retórico para narrar una historia y al final de la película baila sobre un techo mientras las fuerzas armadas mexicanas se enfrentan a los narcotraficantes.

Ulises está arrojado al mundo, en principio, pero lo que el título y la historia dan a entender es que Ulises está arrojado desde el mundo hacia su nostalgia, desde el aquí hacia otro lado, ni siquiera hacia un allí; es la ausencia, una referencia rota a otra referencia rota a otra referencia ... ¿De qué huye Ulises y hacia dónde se dirije? ¿Podemos trazar esa nostalgia en su laberinto? Pienso que no. Claro, estando en los EEUU, extraña a sus terkos, ve en su video a un bebé bailando con ropa holgada que se supone que es él, y podríamos pensar que a lo mejor extraña esa escena como si pudiera recordarla (¿será que con ver un video de cuando uno tenía 3 años, puede uno decir que recuerda ese momento en una edad que usualmente no es posible recordar? ¿ver un viejo video de mi mismo alojado en la nube, es lo mismo que recordar? en todo caso sería la memoria digital la que recuerda y tal memoria es una extensión de la individuación subjetiva). Pero la nostalgia es un fractal holográfico de carencias y deseo.

La kolombia que Ulises más escucha, Lejanía de Lisandro Meza, contiene una nostalgia también intrazable, aunque sí habla de la tierra que le vio partir, un territorio físico que más bien se refiere a gente, a familia, recuerdos y emociones fuertes. No habla de tierra como propiedad latifundista o accidente catastral sino de tierra como ese territorio por el que más han caminado los pies. Seguramente la madre de Ulises no era propietaria de su casa en el asentamiento en los márgenes de Monterey y Ulises menos. Sin embargo, caminar a diario por esas calles, habitar esos cuartos, sentarse en esas esquinas, bailar en esas banquetas, pasar el rato en esos edificios abandonados con vista a la ciudad, eran todas experiencias sostenidas sobre esa tierra que se presenta como un sustrato que evoca una analogía con una planta: esa añoranza es el dolor por cortar las raíces enrededadas con aquella región material pletórica de potencialidades minerales y orgánicas.

A pesar de la fantasía de que ese sustrato pudiese ser propiedad privada de otro que colecta la renta, Ulises siente esa nostalgia por esa tierra, aún sin poseerla catastralmente. La lejanía de Lisandro Meza es la distancia entre el aquí y el estar-allí. Con algún esfuerzo puedo estar presente aquí, y con mayor esfuerzo o más bien con el cese del esfuerzo, podría notar cómo al estar presente me desvanezco, pero no puedo sostener esa experiencia de presencia a largo plazo. Eventualmente sentiré hambre y tendré que dejar de estar presente para desear comida, buscar la comida, moverme, hacer, distraerme, imaginar, fantasear, extrañar, alejarme. Orbito el aquí, pero no puedo estar aquí todo el tiempo y cuando logro centrarme en el aquí me topo con que ya no estoy aquí, con que mi subjetividad es una aparente permanencia tenue en un campo pre-individual. La nostalgia por esa tierra propia es territorialización en la memoria. Aquellas escenas que experimentó con mayor intensidad son las que dejan marcas y pliegues más notables y luego viene la paradoja de no poder acceder a esas experiencias a través de esas marcas. Las marcas evocan las experiencias, pero las experiencias ya pasaron, ya no están aquí, simulan una presencia y al hacerlo delatan la ausencia. Y yo, ya me fui de aquí también, mi deseo se fue en busca de eso que no está aquí. Recordar y añorar es alejarme de aquí. Extrañar es una intensidad emocional de la lejanía.

La triteza de estar lejos de aquellas experiencias que dieron origen a esas marcas en el palimpsesto de la memoria. La tristeza doble de estar lejos del aquí, también, ya no estar aquí. No poder estar ni aquí ni allá. ¿En dónde estaré entonces? Entre el aquí y el allá, soy el eslabón faltante de las paradojas de Zenón el movimiento que se desenvuelve entre dos lugares.

Para el dasein de Heidegger, hacer lo que hace la gente le debilita, mientras que ser auténtico, no limitarse por lo que hace "la gente", fortalece y constituye una manera digna de vivir. En los EEUU, Ulises posee tal autenticidad, aparentemente. Pero de nada le ayuda, más bien no hacer lo que hace la gente le trae problemas. No aprender inglés es de los factores más decisivos para que su estadía allá sea insostenible. No sabemos si carecía de voluntad para integrarse en la sociedad gringa, pero eso me hizo sentir. Aunque sí lo vimos buscar trabajo, hacer intentos. Aprender el idioma quizás estaría fuera de su alcance.

Para Byun-Chul Han, la autenticidad es un valor neoliberal que tiende a individualizar, a separarnos de "la gente", de "ellos, "los demás"; y como tal, es una trampa para el bienestar. Tampoco quiere decir que este filósofo coreano defienda una actitud complaciente en la que hacemos todo lo que "la gente" hace. En lugar de eso Han sugiere que definamos la libertad en función de las conexiones con la comunidad. Que la autenticidad no sea un valor superior al valor de los lazos comunitarios. Ulises en su comunidad bailaba expresando así lo indecible, vivía una vida contemplativa de la música. Tampoco podemos decir que tenía un papel central e influyente en su comunidad. Era un patojo más, entre violencia, claro, entre terribles precariedades, entre cholos amenazantes, una institución policial que llegaba a esos lares sólo para arrestar a alguien y no para proteger. Una vida imposible de romantizar. En EEUU pudo haberse hecho de oportunidades para ganar dinero como trabajador, pudo haberse adaptado, pero no. Las conexiones comunitarias de Ulises eran más dignas que la autenticidad burguesa de Heidegger pero de todos modos, esa riqueza moral tampoco le salvó de la precariedad, de la injusticia de volverse un refugiado migrante obligado a ser desplazado por la violencia del narcotráfico (y considerar que el narcotráfico obtiene su poder de la demanda de drogas ilegales, mientras la despenalización evitaría parte de esa violencia). Ulises era un patojo, un niño, y todo niño a esa edad no está aún normalizado en el mercado laboral que aplasta a esas clases en pobreza extrema. Entre toda esa mierda, estos patojos participaban en una cultura comunitaria con un gran valor artístico. Con sus estéticas entre auténticas pero también hiperconectadas. Y una nostalgia por una Colombia (el país) que muchos no conocían en persona (viendo comentarios en youtube, he visto colombianos quejarse de que esas cumbias rebajadas no son cumbias, no son colombianas, que esos patojos con pelos engelatinados no representan la cultura colombiana).

Migrar exije una reterritorialización de la memoria, de la psique; implica aprender un nuevo idioma, adoptar una nueva cultura, nuevos oficios, conocer nuevas personas y esa nueva acumulación de memorias implica olvidar lo anterior, descondicionar mi comportamiento para acondicionarme a lo que toca ahora, aquí, lejos. Talvez los niños pobres que migran se enfrentan a ese reto de una depresión resultado de la profunda nostalgia imposible de trazar, al ya no estar aquí tan grave para un niño al que no le ha dado tiempo de cambiar a la misma velocidad a la que cambia su precariedad, a la lejanía de esa tierra suya que se le niega por que no la poseen a pesar de haberla habitado, y no sólo se le niega desde la burocracia catastral sino que luego se les niega por esas fuerzas materiales que les empujaron a migrar. ¿Y qué decir de esas cumbias que migraron de Colombia a Monterey? Como individuaciones no subjetivas, no hay mucho qué decir, pero sí vemos un choque cultural a la distancia en el que esas cumbias individuadas en la imaginación de algunos las hace chocar con una reterritorialización en el ritmo y en la percepción colectiva.

Ulises está estancado en el tiempo en las experiencias más significativas para él. Mientras su pueblo cambia, es tomado por las fuerzas armadas del narcotráfico, Ulises sigue en su onda de cumbias rebajadas y bailes pajarescos. Hay una pérdida de la sincronía entre Ulises y su entorno, esa des-sincronía es el ya-no-estoy-aquí. No es un modo de ser que se pueda promocionar o celebrar. Experimentarlo es lo valioso y mientras se lo experimenta acceder a esa marginalidad, a ese pensamiento situacional, es algo radical capaz de producir una mayor consciencia de la mierda en el mundo humano y con ello cambiar nuestra forma de percibir el mundo retando la hegemonía. Las historias marginales siempre fueron negadas o ignoradas pero el cine las puede traer a la experiencia de personas alejadas de esa marginalidad, así como yo y muchas otras personas. A pesar de caer en un mercado de experiencias, como lo es Netflix, en el que se fetichiza el pensamiento crítico y la denuncia social para ser convertida en mercancía streamable, sospecho que estas historias marginales pueden tener un impacto importante y entre esos modos de comercio se puede colar el pensamiento .

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