Hace siglos, en los reinos olvidados por el tiempo, nació una entidad que desafió las leyes del cielo y el infierno. Hikari, fruto del amor prohibido entre un ángel guardián y una loba infernal, vino al mundo con una fuerza inigualable. Su linaje la convirtió en una aberración para los seres celestiales, quienes no podían permitir su existencia. Desde su nacimiento, su poder fue tan vasto que casi la consume, pero contra todo pronóstico, sobrevivió.
Al ser descubierta por las entidades divinas, su presencia en el inframundo fue considerada un error en la existencia misma. Sin embargo, su abuelo y su padre, seres de gran poder, la protegieron y la entrenaron para que pudiera controlar la energía que desbordaba de su ser. A medida que crecía, su presencia se hacía más notoria, y los dioses del cielo temían que su poder alterara el equilibrio del cosmos.
Con el tiempo, Hikari fue enviada a la gran montaña helada, un lugar prohibido para la mayoría de los seres. Allí, junto a su fiel compañero Duke, una bestia infernal de lealtad inquebrantable, protegió a los aldeanos de las hordas de monstruos celestiales que asolaban la región. Aunque su poder era vasto, no era invulnerable. En una de sus más arduas batallas, se vio acorralada por criaturas divinas. Herida y al borde del colapso, invocó al Duque Raum, un demonio de alto rango en el Ars Goetia, quien le concedió la fuerza necesaria para continuar luchando.
La batalla fue devastadora. Con sus brazos sangrando y su energía al límite, Hikari desató su máxima habilidad en su forma de Diosa Licántropa: el "Aullido de los Caídos". Un alarido ancestral que desintegró a los pequeños monstruos celestiales y dejó al más grande en un estado de vulnerabilidad. Con un golpe final, Hikari colocó su mano sobre la cabeza del coloso celestial y, con una luz divina nacida de su esencia híbrida, lo desintegró en un resplandor cegador.
Tras la batalla, su nombre se convirtió en leyenda. Los aldeanos la veneraron como su protectora, pero los cielos aún la veían como un error que debía ser corregido. Sin embargo, Hikari no era solo un ser entre el cielo y el infierno; era la prueba viviente de que el destino podía ser escrito por aquellos lo suficientemente valientes para desafiarlo.