Es verdad, muchas veces vamos al banco (aunque últimamente no), y vemos edificios enormes y ni siquiera nos preguntamos para qué o porque se hicieron esas edificaciones tan imponentes. En lo particular, quizás por la personalidad de cada uno, la nostalgia nos invade y recordamos cierta experiencia y nos gusta contar. Actualmente, me pasa cuando le digo a mis hijos, cuando recorremos Ezeiza y le cuento que cuando llegamos con mamá, por acá era todo camino de tierra y ahora todo asfalto y edificios. Me miran, como ¿Qué?
Excelente publicación.
Igual me llegó a pasar con mis hijos en mi ciudad natal, que por estar tan cerca de la capital pasó de ser un pueblito tranquilo a una extensión del remolino capitalino, con avenidas improvisadas, la llegada del subte y demás, y ellos no eran capaces de imaginar cómo era eso.