Relato: Mina y Elias (Engelhorn)

in Literatos3 years ago

Residencia Elsgrave, Londres, Inglaterra. 1882.

Elias Engelhorn contempló con fascinación a la bella dama de cabellos azabache, ojos azules y atavíos rosados que hizo su aparición en la gala del señor Mathew Elsgrave. La dama estaba acompañada de sus padres y de su hermano, a quienes el señor Elsgrave saludaba con efusividad.

Con disimulo sacó su reloj de bolsillo, en donde guardaba una fotografía de la joven.

Victor Harker no mentía.

Mina Fairchild-Orelov era una mujer muy bella, fina y elegante, con aires aristocráticos propios de alguien de su posición social, aunque sus orígenes sean clasemedieros. Su padres, un reputado abogado inglés y una exnoble rusa, fueron condecorados con la Orden del Águila Blanca y la Orden de San Miguel y San Jorge, las condecoraciones más altas de Rusia e Inglaterra, debido a que habían descubierto e impedido una conspiración contra el Tratado de París. Su abuelo paterno era un político viudo con amplia influencia en el Parlamento, así como un inversionista de peso en el área industrial; sus abuelos maternos fueron un general y una noble de la corte del zar.

Para familias aristocráticas como la conformada por los Wherster, Mina era una dama elegible para una alianza económica que les permitiría saldar sus deudas o aumentar la riqueza familiar debido a las conexiones que los Fairchild poseían en el mundo de los negocios.

Pero para Engelhorn, aquello no era importante.

Mina era algo más que una dama de sociedad. O más bien, ella no quería ser una más del montón. Con vehemencia y constancia, la joven iba a la biblioteca a leer libros relacionados con la arqueología, la botánica y la medicina. De hecho, si mal no recordaba, la muchacha recién empezó sus estudios en enfermería.

Con frecuencia asistía a los museos, donde contemplaba las últimas obras de arte de grandes artistas. Incluso proyectaba un viaje al África del norte, concretamente a Egipto y Argelia.

Tenía espíritu viajero, de esos que no se mantienen quietos en casa. Aquello sería algo molesto para los individuos de la rancia aristocracia como lord Dalton Wherster, quien buscaba una esposa que le sirviera de adorno. Incluso hombres como Harker se sentirían incómodos e intimidados, pues ese tipo de mujeres no eran manipulables ni enamoradizas.

De hecho, a Engelhorn no le sorprendió que los Fairchild lograran abrirle los ojos a Mina sobre la clase de insecto que era Harker, ni que éste se sintiera muy frustrado por no lograr dinero fácil para saldar sus deudas de juego y se viera forzado a huir tanto de sus acreedores como de aquellas personas a las que estafó con diamantes falsos, tal y como le sucedió a Engelhorn en Cape Town, Sudáfrica.

Lo que sí le sorprendió es que Mina haya sido la única mujer que había hecho mella en la vida de Harker, tanto como para considerarla lo más valioso que haya tenido a su alcance. Le parecía desconcertante, porque generalmente Harker era conocido por ser un mitómano empedernido, pero por la forma en que él hablaba de la dulce Mina parecía ser un hombre muy honesto.

"Señor Craine", escuchó que le llamaran por su nombre falso.

Engelhorn se volvió. El señor Elsgrave estaba junto a él, acompañado de su esposa Grace y de los Fairchild. Su mirada se posó primero en la de Mina; algo entre ellos surgió, como una conexión.

El norteamericano les saludó con la mejor de las cortesías, a lo que el señor Elsgrave replicó pomposamente: "Sir Nathaniel, Dame Hélène, señorita Mina. Les presento al señor Howard Craine, acerero norteamericano. Señor Craine, les presento a la familia Fairchild, una de las más influyentes de nuestro país".

"Encantando de conocerles, señores, señorita", respondió Engelhorn mientras tomaba delicadamente la mano de Mina para besarla.

Sir Nathaniel, quien contemplaba de forma inquisitiva a Engelhorn, replicó con una sonrisa: "Hemos oído mucho sobre usted, señor Craine. Usted es un inversionista de alto perfil en la industria del acero. Y tengo entendido que también de las minas africanas de diamantes".

"Así es, sir Nathaniel. De hecho, también planeo invertir en la exportación de té chino".

"Interesante. No creí que los norteamericanos también estuvieran interesados en comerciar con China. Si usted quiere conocer a algún especialista en el tema, puedo presentarle a alguien".

"Le estoy agradecido por su gentileza, sir Nathaniel".

"Escuché rumores de que usted estaba comprometido con la señorita Celine Moseley", dijo Dame Hélène. "La dulce Celine ha de sentirse afortunada".

"Lamento informarle, mi señora, que no hay tal compromiso. Lo que tengo con ella es una sincera amistad... Como igual espero contar con la de la señorita Mina, si me lo permiten".

"Por supuesto", replicó Mina, ante la sorpresa de sus padres. "Siempre he querido conocer África, ¿sabe? Digo, he oído por Celine que usted conoce ciertas partes de África".

"Solo Cape Town, Johannesburg y Marrakech, señorita Mina. Pero con gusto puedo presentarle a unos amigos que conocen el continente mejor que yo. Sería cuestión de que les escriba para que vengan a pasar una temporada en esta bella ciudad".

"Contaré con usted, entonces. Perdonen, debo ir al tocador".

Con un asentamiento de cabeza, Engelhorn contempló a la bella dama marcharse junto a su madre, dejándolo a solas con sir Nathaniel. El señor Elsgrave, por su parte, se despidió de ellos para irse a ver a otros invitados.

Aprovechando la oportunidad, Engelhorn comentó: "Tiene una hija muy bella, sir Nathaniel. El hombre que se case con ella sin duda será muy afortunado".

"En verdad que sí, señor Craine. Aunque creo que mi hija no se siente inclinada a ser la esposa de alguien. Al menos no de un hombre de negocios o de algún aristócrata, pero quizás de un médico o de un arqueólogo".

"Bueno, un médico al menos sería un mejor partido que un arqueólogo".

"Cualquiera sería un buen partido mientras sea una persona honorable. O que al menos no recurra a medios deshonestos para conseguirse una esposa... Ni haber hecho tratos con individuos aquejados por deudas de juego".

Engelhorn tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrarse sorprendido mientras que sir Nathaniel, mirándole de reojo, añadió: "Lo veo pálido, señor Craine. ¿Sucede algo?"

"Nada, sir Nathaniel. Es solo que quizás me sentó un poco mal el último bocadillo que me comí hace un rato. Discúlpeme, por favor".

Con un asentimiento de cabeza, sir Nathaniel aceptó sus disculpas. Engelhorn de inmediato se retiró de su lado, dirigiendo sus pasos hacia la salida de la casa.

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Fuente de la imagen: Pexels

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