Olvídela, compa

in #spanish2 years ago (edited)


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“¡Olvídela, compa!” Me decía el metiche de mi compa, cuantas veces no lo escuché decir esa pinche frasecita que me retumbaba la cabeza, chingao. “¡Consígase a otra vieja! Y asunto arreglado, caón”, me decía el wey, mientras chupaba su limón todo lamido y lleno de sal, acompañada con un poco de cerveza barata. Chale, por mi cabeza pasaban miles de pensamientos mientras veía a mi compadre chupar cerveza tras cerveza, la neta no entendía que se traía este vato; todas sus habladurías sólo provocaban que me fuera directito al sanitario a vomitar bien recio, pero algo tenía que hacer al respecto no podría arruinar un viernes por la noche de esta manera, y menos después de haber salido del jale, así que me acerque al cantinero y le pedí que me pusiera una rolita. “¿Qué se le ofrece, güero?”, me dijo el wey, “Quiero poner una rolita de mi gallo de oro”, le dije medio pedo al vato que atendía esta cantina de mala muerte, “¡Jaja! Aquí no ponemos esas chingaderas, güero, pura rolita bien movida pa’ que las morritas le bailen a la clientela”, me dijo el pinche vato mientras limpiaba un vaso de cristal y miraba hacía la pista de baile, medio emputado lo miré, pero recordé que estaba en mi transición a un hombre buen pedo, así que, aunque quería mentarle la madre le sonreí y le pregunté si tenía un cigarro que me vendiera. “Claro que sí, güero, son diez varos, pero por lo de la rolita te lo dejo gratis”. ¡Ah cabrón, qué chingón!, pensé, así que, aunque no pudiera escuchar ebrio de amor de mi gallito de oro, me había regresado contento a mi mesa. “¿Qué paso compa, si se pudo o no?”, preguntó medio pedo mi compa, “nel, pero me dieron un cigarro gratis, fúmele mijo”, “me late cuando después del jale puedo echarme unas frías con uste’ compa, no chingue, ¡salud! Pero la neta desde que salimos lo noto bien agüitado, mijo, ¿qué le pasa, compa?, me preguntó mi compita ya medio entonado, y eso me hacía encabronar un poquito, porqué sentía que sólo borracho le importaba a mi compa, pero aún así lo apreciaba y si era el único que me podía escuchar pues era mi oportunidad. “Si ando bien bajoneado, compa, ando haciendo pura pendejada, hace dos años que termine la pinche carrera y nomás no encuentro chamba, mandé a la chingada a la Iyali y encima no pusieron mi rolita”, escupí toda esa verdad mientras le daba un trago chingón a mi caguama, “Chale, no sabía que ya eras licenciado, caón y mucho menos que estabas bajoneado por lo de tu morrita, apenas los vi bien abrazados ¿pero qué fue lo que paso?”, el pobre wey me preguntaba mientras sacaba de su chamarra de cuero con peluche en el cuello una cajetilla de cigarros, prendió uno y me regaló otro pa’ que fuera menos doloroso el pedo. Total, le conté todo lo que traía en mi pesado corazón de wey desesperado y triste, la neta nunca me había sentido tan vulnerable y melancólico, hasta recordé cuando mi jefa veía sus telenovelas cursis y en los finales se ponía a chillar, y la volteaba a ver con cara de cringe, mientras me iba corriendo hacía mi cuarto a seguir jugando con mis dinosaurios. Recordé, incluso, cuando una vez iba caminando por el centro y vi por primera vez a Iyali, una morra escuálida sin ningún chiste para mi que iba pasando hacía su local, el cual vendía botas y chamarras de cuero, siempre había sido cliente de esa tienda, pero nunca me había percatado de ella hasta que ese día la vi entrar, entonces la seguí, su vestido verde fosforescente y sus trencitas tenían algo que habían captado mi atención, así que entre como de costumbre, fije mi mirada hacía ella y ella me miro también, con un poco de desprecio, pero lo hizo. Me sonrió y me dijo, “buenas tardes, güero, ¿en que le puedo ayudar?”, me dijo en un tono dulce, “Estoy buscando estas botas en el número siete, pero no sé si tengas en este modelo, mija”, se lo checó, güero, permítame. Fue tan efímero y chingón ese momento, que se me hacía muy pendejo de mi parte sentir hormigueo en todo mi cuerpo en una situación tan cotidiana, no dejaba de mirarla; me parecía tierna, bella y atractiva, ¿cómo podía ser posible? Sí sólo era una morrilla flaca en un vestido verde chingaquedito con los ojos más hermosos y los labios más dulces que habían visto este par de ojos. ¡Pinche madre! Cómo me estaba doliendo recordar ese momento, sentí que todo se derretía a mi alrededor y ya no escuchaba a mi compa hablar, así que me fui corriendo al baño. ¡Toc, toc! Mijo, ¿pues qué pues, está bien? ¡Toc, toc! No me diga que ya anda pedo, jaja”. (3 minutos después) “Nel, mijo, sólo fue algo que me cayó pesado, creo que fue la sopa que me mandó mi jefa, luego las gallinas se suben a la estufa, ¿pedimos otro cartón?”, “Órele, pues, pero sin vomitadas, compa porqué me lo madreo, pero antes de pedirlas quiero preguntarle algo”, “Ande pues, ¿qué quiere preguntarme, mijo?”, en eso comenzó a sonar una rolita bien chingona de Nortec Collective: Bulevar 2000. “¿Sí pudiera regresar el tiempo, en dónde estaría exactamente?”, “En ningún lado, mijo”, “No chingue, le estoy preguntando en serio, yo cada noche me lo pregunto”, me decía mi compa mientras veía como se empinaba su ultima caguama y veía su reloj, “Mijo, el tiempo es una chingadera que sirve, precisamente pa’ ubicarnos en que día, mes y año andamos, pa’ checar las entradas y salidas de las chambas, pa’ saber cuando nacimos y cuando nos vamos a ir a la chingada de aquí, pa’ celebrar los aniversarios, pa’ ubicarnos, pero no para remediar el pasado y mucho menos las chingaderas que uno hace en el presente, así sea la cosa más insignificante hasta la más significante, por más que este sufriendo como huerco atravesado del corazón por una navaja, tengo que continuar sin alterar el pasado porqué si no fuera por todas las mamadas que he vivido, por todas las personas que he amado y he perdido yo no estaría en este momento, chupando estas chelas con uste, mijo, tal vez me hubiera quedado atrapado una y otra vez en ese momento, esperando a ser un hombre perfecto, que a causa de su perfeccionismo y obsesión no pudo avanzar en el tiempo y pa’ eso, preferiría estar muerto. “Güero, ya vamos a cerrar, ¿quieres que te pongamos tu rolita del gallo de oro?”, me interrumpe el cantinero que estaba recogiendo las mesas, “Nel, mijo, mejor póngame la de Tijuana Sound Machine.